Nos enseña la escritura que el corazón del hombre es engañoso, y también nos enseña que nosotros los que seguimos a Cristo, hemos sido llamados a ser reyes y sacerdotes, por lo tanto estamos obligados a poner nuestro corazón en las manos de Cristo, pues no podemos gobernar con nuestros sentimientos y nuestros propósitos sino con los de èl.
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