“Honra
a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa”.
(Efesios
6:2).
Cuando
somos jóvenes, si no hemos tenido el privilegio de tener ancestros que nos
instruyan, generalmente tendemos a menospreciar a los ancianos. Pero quienes
hemos tenido esa fortuna, realmente debemos estar agradecidos con Dios por ello.
Quienes
amamos la naturaleza y a los animales, en alguna ocasión hemos leído o
escuchado lo que los animales aprecian a sus congéneres màs viejos. Acaso el
ejemplo clásico es el de los elefantes, el cuàl hemos compartido en otras
oportunidades, pero que quizás valga la repetición. La manada de elefantes
siempre es guiàda por la elefanta màs anciana, la subsistencia de toda la
manada depende de la forma en que ella decida, instruya y actùe con los
conocimientos adquiridos por décadas. Es ella quien recuerda los senderos menos
peligrosos; es ella quien recuerda los pastizales màs lejanos; es ella quien
recuerda todas y cada una de las fuentes de agua, tanto en tiempos normales
como en tiempos de sequìas. Es por ello que es altamente apreciada por toda la
manada. Dios, nos instruye a que apreciemos a nuestros ancianos, ellos son, con
su amor, experiencia y consejos nuestros mejores guìas. Y, entre los primeros
ancianos a los que hemos de honrar están nuestros padres, abuelos y bisabuelos.
El Apòstol Pablo nos instruye asì, acerca de ellos: “ Pero si una viuda tiene hijos o nietos, que éstos aprendan
primero a cumplir sus obligaciones con su propia familia y correspondan así a
sus padres y abuelos, porque eso agrada a Dios” (1ª Timoteo 5:4). Y sigue diciendo: “Si alguna
creyente tiene viudas en su familia, debe ayudarlas para que no sean una carga
a la iglesia; así la iglesia podrá atender a las viudas desamparadas” (verso
16). ¿Existen ancianos en nuestra familia?
En un primero plano, cuidémoslos; y n un segundo plano, estemos
agradecidos pues es síntoma de que ha habido cumplimiento del mandamiento.
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