“Señor, primero déjame ir a
enterrar a mi padre”.
(Mateo 8:21).
¿Còmo es posible que un muerto
entierre a otro muerto? ¿No se supone que un muerto ya està imposibilitado de
cualquier acción? Exacto. Pero, eso es desde el punto de vista humano. Desde el
punto de vista de Dios, muerto es todo aquèl que no ha recibido a Cristo en su
corazón… aunque estè caminando, eso es lo que Cristo le hace entender a
Nicodemo cuando le dice: “Te es necesario nacer de nuevo” en Juan 3:3-4.
En la “emociòn”, en la “euforia”,
en la “efervescencia” de los milagros y lo atrayente de lo sobrenatural, un
judío, le dice a Cristo, Maestro… déjame que vaya y entierre a mi padre y
entonces te sigo. Cristo responde: “Deja que los muertos entierren a sus
muertos”. Lecciones, primera: Cuando no hemos sabido nada de Cristo, y de
pronto, tenemos una experiencia que consideramos sobrenatural, la emoción, la
euforia, la efervescencia del momento nos hace dar exclamaciones espontaneas que
no meditamos. Segunda: Cristo jamàs engaña a nadie, èl ya le había dicho a otro
de sus discípulos (verso anterior, maestro de la Ley por cierto), que, seguirle
no es un camino de rosas como muchos creen. Tercera: Muerto, para Dios, no es
alguien que estè inerte y frìo en una tumba, sino alguien que aùn caminando
està frìo e inerte en el espíritu. Cuarta: Cristo, aunque nos ofrece ser reyes
en su reino, jamàs prometió riquezas, lugares de eminencia, títulos
honoríficos, ni bonanza alguna a sus seguidores, y menos, a todos aquellos que
de una u otra forma llegàramos a fungir como sus ministros. Quinta: Todo
galardón que Cristo ofreció en el sentido de “una prosperidad continua” fue
para después de èsta vida. Lo que sì nos ofreció fue “la bendición” de su
presencia, y, que nunca nos faltarìa nada de lo esencial, comida y vestido. Ademàs
que todo lo buen que gozáramos no traerìa consigo tristeza ni angustia alguna
(Proverbios 10:22). No seamos muertos
que caminen.
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