Dios quiere que seamos como niños ingenuos, inocentes, pero en las cosas de la fe. En aprender a depositarnos en sus brazos para enfrentar la vida. Pero, cuando nos habla de predicar el evangelio a personas que aùn tienen la maldad en su corazón, nos incita a que seamos mansos como palomas pero astutos como serpientes. Y, no es una contradicción de Dios sino una advertencia para que no perdamos las batallas.
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